miércoles, 14 de septiembre de 2011

El lado oscuro y la conciencia



La persiana estaba bajada, por las pequeñas ranuras entraba la luz de la luna. Alargaba la mano para poder tocarla, pensando que eran barras sólidas de plata que podrían ser arrancadas, pero no era así, pues se escapaban de entre mis dedos cada vez que intentaba cogerlas. Sentado en aquella silla, mis remordimientos cada vez eran peores, dentro de mi cabeza se libraba una batalla de pensamientos. Una voz que salía de lo más profundo de mí ser me decía que no me moviera, que dejara todo como estaba, que no me olvidara del lío donde me metería si lo contaba. Esta voz me tranquilizaba y cada vez que la oía una sonrisa surgía en mi rostro. El problema no era ella sino la otra voz que también oía y que se hacía llamar conciencia. Esta me decía que no me quedara callado, que por lo menos ella, merecía saberlo. Algo me extrajo de mi mundo de palabras, pues extraños ruidos surgían de detrás de la puerta, al principio eran pequeños golpes, pero estos golpes iban aumentando, mi corazón se aceleraba, ¿quién sería?, ¿me habrían descubierto?. Tenía que hacer algo y rápido. Y sabía muy bien que era, terminar con mi debate antes que aquellos golpes, se convirtieran en algo material que entrara en la habitación. Me levanté de la silla y empecé a dar vueltas por la habitación, aquellos ruidos me estaban volviendo loco. Dando vueltas como un animal enjaulado, vi encima de la mesa una nota, me acerque a ella sabía que la había visto muchas veces, pero quise leerla una vez más. El volver a tenerla en mis manos, y echarle un vistazo, me hizo tomar la decisión que hasta entonces como un cobarde había querido ocultar, en lo más profundo de mi caverna mental. Entre en la habitación en la que estabas tú y me dirigí hacia ti, te lo iba a contar todo, antes de que aquellos golpes me lo impidieran. La habitación estaba a oscuras, pero por una pequeña abertura entraba la luna, que iluminaba tu rostro pálido, tumbado en la cama. Aquel rostro era hermoso, aunque el color ya lo había abandonado hace tiempo. Me arrodille a tu lado y te cogí la mano, estaba fría, pero no me importo. Acerque mí cara a tu oído, tenía que dejar fluir las palabras, romper el dique que las taponaban, ya que no aguantaba más y empecé a susurrártelas:

Perdóname no quise hacerlo, la luna me obligó a matarla, no digas nada, tu no la conoces, pero su sola presencia me volvía loco, no digas nada sé que me lo vas a recriminar, sé que me vas a decir que quitar la vida a alguien no es la manera de solucionar las cosas, lo sé pero ya no aguantaba más, sé que no me vas a perdonar y tampoco lo busco, solo quiero contártelo. Quiero estar tranquilo y que tú lo sepas, no pienses que tenía un romance con ella solo éramos conocidos, que no podían convivir, pero que estaban obligados hacerlo, solo te digo una cosa, y espero que me creas, te quiero, después de lo que hecho”.
Los ruidos se convirtieron en golpes y los golpes en estruendo. Dos figuras uniformadas tiraron la puerta, y se dirigieron a la habitación donde nos encontrábamos. La escena que vieron les resultó aterradora a la vez que dantesca. Tumbada en la cama se encontraba el cuerpo de una mujer que debería llevar tiempo muerta pues ya se veían en su cuerpo rastros de putrefacción, arrodillado a su lado la figura de un hombre, dándole un beso en la mejilla. Una de las figuras se acercó y cogiéndole por debajo del brazo le obligó a levantarse. Le miro a los ojos e iba a decirle algo, pero no merecía la pena, pudo observar en sus ojos no estaba en aquel mundo, en aquel cuerpo.

Aquellos golpes que se habían convertido en algo material, me sacaban de la habitación, donde tú te encontrabas, una sonrisa se dibujó en mi rostro, y aunque mi conciencia había ganado y te había contado lo que había sucedido, mi lado oscuro y tenebroso me decía:

Ella ya lo sabe, pero nunca más se levantara de esa cama, perdimos una batalla, con nuestra conciencia, pero habrá mil guerras por ahí que librar y yo te ayudaré en ellas”.

Una gran risa surgió de mi garganta que heló la sangre, de las dos personas que me sacaban de allí. Los rayos de la luna, iluminaron mi rostro, lleno de arañazos producto de la pelea entre mi lado oscuro y mi conciencia.