miércoles, 12 de agosto de 2015

Fabulas : Jean de La Fontaine

 La Liebre y la Tortuga



Una liebre y una tortuga hicieron una apuesta. La tortuga dijo:
- A que no llegas tan pronto como yo a este árbol....
- ¿ Que no llegaré ?- contestó la liebre riendo.
-Estás loca. No sé lo que tendrás que hacer antes de emprender la carrera para ganarla.
- Loca o no, mantengo la apuesta.
Apostaron, y se pusieron junto al árbol lo apostado; saber lo que era  no importa nuestro caso, ni tampoco quién fue juez en la contienda.
Tenía, pues, tiempo de sobra para pacer, para dormir y para olfatear el tiempo. Dejó a la tortuga andar a paso canónigo. Ésta partió esforzándose cuanto pudo; se apresuró lentamente. La liebre, desdeñando una fácil victoria, tuvo en poco a su contrincante, y juzgó que importaba a su decoro no emprender la carrera hasta la última hora. Estuvo tranquila sobre la fresca hierba, y se entretuvo atenta a cualquier cosa, menos a la apuesta. Cuando vio que la tortuga llegaba ya a la meta, partió como un rayo; pero sus patas se atoraron por un momento en el matorral y sus bríos fueron ya inútiles.Llego primero su rival.
-  ¿ Que te parece?- le dijo riendo la tortuga.
- ¿ Tenía o no tenía razón ? ¿ De que te sirve tu agilidad siendo tan presumida? ¡ Vencida por mí ! ¿ Que te pasaría si llevaras, como yo, la casa a cuestas ?

La idea de nuestra superioridad nos sirve con frecuencia. No llega a la meta más pronto quien más corre.

Nota : Fabula atribuida a Esopo, reescrita por Jean de La Fontaine

El Maestro y el Niño

 

 En esta fábula intento demostrar la presunción vana de un necio:
Cuando estaba jugando a las orillas del Sena, un niño cayó al agua, más por gracia divina se hallaba allí un sauce con cuyas ramas se salvó el pequeño. Pasó por allí un maestro de poco entendimiento, y el infante gritó :
- ¡ Auxilio que me ahogo !
Ante dichos gritos, el maestro se volvió, e imprudentemente y fuera de situación, empezó a sermonear al infante:
- ¡ Mira qué travieso, a dónde le ha llevado su locura !
¡ Gasta tus horas cuidando esta clase de prole !
¡ Desdichados padres, pobre de ellos velando a todo momento por esta turba inmanejable !
¡ Cuánto deben padecer, y cómo lamento su destino !
Después de tanto hablar, saco al niño de las aguas.
Censuro aquí a muchos más de lo que se imaginan. Habladores y criticones y pedantes pueden reflejarse en el escrito anterior; cada uno de ellos forma un pueblo numeroso; sin duda el creador bendijo esa prolífica casta.
¡ No hay tema sobre el que no piensen ejercer su habladuría! ¡ Siempre tiene crítica que hacer ! ¡ Pero amigo, librame del apuro primero, y después suelta tu lengua !

Antes de señalar los errores del prójimo, mejor primero ayúdalos a mejorar su situación



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